El ADN del discipulado: recursos
Resumen: En vez de considerar las cosas como propias, cuidaban lo que tenían a su alcance para beneficio de los demás.
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Resumen: En vez de considerarse dueños de las cosas, administraban lo que tenían para beneficiar a los demás.
«Nadie decía que sus bienes fueran solo suyos, sino que compartían todo lo que tenían.
… Y la gracia de Dios actuaba con tanto poder en todos ellos que no había ningún necesitado. De vez en cuando, los que tenían terrenos o casas los vendían, llevaban el dinero de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad».Hechos 4:32-34
Dios puso en la Iglesia una protección contra la escasez. Cuando los seguidores de Jesús se cuidan unos a otros como lo hicieron en Hechos 4, habrá mucha menos hambre y las personas y familias tendrán suficiente ropa, un lugar donde vivir y agua corriente. Aunque Hechos 4 no da esos detalles específicos, sí dice que la gracia de Dios actuaba «con tanto poder» en sus vidas y que «no había ningún necesitado» entre ellos.
Las acciones de la iglesia primitiva surgían de una idea fundamental sobre sus recursos. Los primeros seguidores de Jesús consideraban que lo que tenían pertenecía a los demás. En vez de considerarse dueños de las cosas, administraban lo que tenían para beneficiar a los demás. Además, no daban a otros solo de lo que les sobraba, sino que vendían sus terrenos y casas para ayudar a quienes lo necesitaban.
Es emocionante imaginar cómo sería hoy si los creyentes compartieran sus recursos con generosidad. Cuando vamos al supermercado, nos preguntamos: «¿Qué podría poner en mi carrito que otra familia necesite?». Cuando nos damos cuenta de que toca cambiar el aceite del auto, nos preguntamos: «¿Quién más necesita un cambio de aceite?». Cuando compramos una prenda nueva, nos preguntamos: «¿Quién podría necesitarla más que yo?». Quizás apartaríamos a propósito un sobre con dinero para estar preparados cuando supiéramos de alguna necesidad. Tal vez venderíamos algo que tenemos, grande o pequeño, y donaríamos el dinero a la iglesia para que lo repartiera entre quienes lo necesitan. O pagaríamos el campamento de un niño de nuestra iglesia. O podríamos ahorrar para comprar cinco llantas nuevas para nuestro auto en vez de cuatro. ¡Con el tiempo, ahorraríamos para un juego completo de llantas y podríamos bendecir a otro creyente!
Una manera radical de compartir nuestros recursos es fundamental para el ADN de una iglesia que se multiplica. ¡Imagina que no hubiera «ningún necesitado» entre nosotros! Un amor tan generoso impactaría a quienes no creen y nos observan.
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