ADN: el evangelio
Resumen: El evangelio es el punto de apoyo alrededor del cual gira y cobra impulso una microiglesia sana.
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Resumen: El evangelio es el punto de apoyo que impulsa a una microiglesia sana y le da fuerza para avanzar.
Los movimientos que forman discípulos mantienen el evangelio en el centro de su mensaje, sus prácticas, su formación espiritual y su visión.
Cuando mantenemos el evangelio en el centro, evitamos que la iglesia se enfoque solo en sí misma y nos convertimos en una iglesia comprometida con la misión. El individualismo se derrumba ante el peso de la misión de Dios. Y pocas cosas nos forman tanto como estar dispuestos a compartir con humildad el evangelio con un mundo que a menudo se resiste.
Cuando mantenemos el evangelio en el centro, colaboramos con el propósito principal del Espíritu Santo en la tierra: revelar a Jesús en cada creyente y por medio de cada uno. El Espíritu Santo confirma nuestro mensaje con valentía, señales y maravillas. Vivimos en intimidad con él, seguimos su guía y clamamos para que una generación y una cultura sean transformadas por las buenas noticias.
Cuando mantenemos el evangelio en el centro, eliminamos la distancia entre «laicos y clérigos». El sacerdocio de todos los creyentes se vuelve lo normal, y a cada creyente, sin importar su llamado o trabajo, se le recuerda que tiene la responsabilidad de compartir el evangelio. El evangelio nos pone a todos al mismo nivel. A los líderes se les recuerda que deben compartir el evangelio no solo desde una plataforma, sino también en el trabajo, con amigos y con la familia. A quienes asisten a la iglesia se les recuerda que llevar a alguien a la iglesia, aunque sea un gran paso en su camino, no es compartir el evangelio. Cada creyente debe comunicar el evangelio en sus propios círculos sociales, donde tiene influencia, y también, con valentía, donde no la tiene.
Cuando mantenemos el evangelio en el centro, quitamos los obstáculos que enfrentan las personas marginadas en nuestras iglesias. Queremos que las buenas noticias se escuchen por todas partes. Por eso, con nuestras palabras y acciones mostramos que cualquiera puede compartir el evangelio, sin importar su género, educación o posición social. Cuando el evangelio está en el centro, los prejuicios culturales y sociales pierden su fuerza ante la realidad abrumadora de la misión de Dios.
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